
Último tren de cercanías dirección Norte. Por las ventanas solo se divisan las solitarias luces que iluminan los pueblos. Oscuridad. ¿Soledad?
En el vagón del tren la luz parpadea. Sus fuerzas por mantenerse en vida son en vano. Se apaga. Instantes después de la noche, las luces de emergencia devuelven la esperanza.
Mi cabeza a duras penas se mantiene en pie, los párpados no cesan con sus fuerzas para cerrarse y así poco a poco mi cuerpo va adoptando una posición cada vez más incorporada. El silencio está presente en el aire, pero no conlleva que me encuentre sola, al contrario, cada uno de los asientos está ocupado. Hay almas dormidas, otras perdidas. ¡Mierda! La espalda me está matando, si sigo en esta posición, lo lamentaré más tarde. Así que vuelvo a incorporarme en una postura más cómoda, quizás con la espalda alineada al respaldo será mejor.
Mientras levanto la cabeza, intento cruzar la mirada con algun despierto, aunque parecen tener menos vida que aquellos que descansan con la cabeza echada hacia el respaldo. Sus miradas son vacías, para ellos, esto es el pan de cada día: ir o quizás volver del trabajo a altas horas de la madrugada, mientras las calles siguen contando secretos y las camas siguen jugando.
Silencio. Tansiquiera un suave respiro consigue romper la inexistente melodía. En ese momento diviso una mujer, rubia, estatura normal, guapísima, se acerca desde lo lejos del vagón. En sus manos lleva una guitarra toda llena de insignias revolucionárias, pegatinas y parches. Se detiene a la mitad del vehículo. Por desgracia nadie se ha dado cuenta de su presencia, como si de muñecos de trapo se tratan. La mujer, de aparencia británica, empieza a tocar una dulce melodía con las tres primeras cuerdas del instrumento. Sus delicados dedos se pierden en el mastil para componer una senzilla pero preciosa canción. Tras un buen inicio, sus dulces labios empiezan a pronunciar palabras en el idioma de los sueños. Sus palabras se convierten en frases, sus frases se convierten en ilusión y esa ilusión se convierte en esperanza que muere al final del vagón. Habla de tiempos de paz y prosperidad. Recuerda tiempos de amor y solidaridad, como si de una canción de John Lennon se tratara. Pero nadie se da cuenta de su presencia.
Al terminar con su poesía melódica, se dispone a pasearse por el vagón con un sombrero para recolectar la voluntad. Pero nadie se da cuenta de su presencia.
Al acercarse a mí, con una sonrisa dejo caer un par de monedas dentro del sobrero y agradecida me devuelve la sonrisa.
Nuevamente el silencio se apodera de este espacio vacío. Por unos instantes, mi pie se había movido al ritmo de la guitarra, mis ojos se habían iluminado con los mensajes de esperanza y amor de aquella muchacha y en mi cara se había dibujado una sincera sonrisa. Pero nadie se había dado cuenta de su presencia.
Queda aún mucho viaje por delante, será mejor que me una con aquellos que prefieren dormir antes que parecer vacíos. Me duermo recordando la melodía en mi cabeza, no deja de sonar. Y recuerdo aún sus dedos juguetones con las cuerdas de la guitarra mientras el rasgueo de su otra mano componía ahora la dulce melodía que me ayudaría a dormir.
Dulces sueños princesa.
2 Reacciones:
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A veces... demasiado a menudo... es fácil dejarse llevar por el influjo de aquellos muñecos de trapo.
Pocas cosas nos sacan ya de esa ensoñación a la que llamamos rutina, pocas las que nos hacen ver un punto de color en nuestras vidas en blanco y negro... menos aun las que nos arrancan una sonrisa sincera.
Preciós princesa. Gracies.
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1:27 PM
Gorgeous!
Muack!